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No es tan fiero el león como lo pintan. Cuando ha pasado más de un año desde su alarmante brote, la gripe A, con las cifras en la mano, ha causado alrededor de 15.000 muertes en todo el mundo, cifra muy lejana de los cincuenta millones que provocó la conocida como gripe española de 1918 o los dos millones de la gripe asiática. Incluso la gripe estacional causa más muertes (250.000 al año). Sin embargo, esta ha sido quizá la pandemia más temida de los últimos tiempos.

Titulares apocalípticos, mascarillas, geles antibacterias, toallitas, síntomas por doquier, vacunarse o no, miradas con mala cara a quien no se tapaba la boca al toser… Los ciudadanos, sobre todo los de los países occidentales, se sumieron en un estado de psicosis, ¿y qué hicieron los gobiernos? Alimentarlo. Ahora se defienden diciendo que seguían las directrices del jefe supremo, la Organización Mundial de la Salud (OMS). Lo mismo opinan muchos periodistas.

Es muy fácil lavarse las manos. Entonces, ¿la culpa de este alarmismo la tiene la OMS? No es tan simple. Es cierto que al encontrarse en la cumbre de la pirámide, este organismo asume la mayor responsabilidad pero también es verdad que nadie, ni un solo experto sabía cómo se iba a desarrollar el virus y siempre, cuando están en juego las vidas de las personas, más vale pasarse que quedarse corto.

Sin embargo, los periodistas debemos entonar un mea culpa porque olvidamos la función social de nuestra profesión. Ejercimos como simples altavoces de mensajes tremendistas, justificando que llegaban de las altas esferas. Lo mismo que les ocurrió a los gobiernos. Y la OMS, también ha reconocido que su respuesta ante la pandemia “no fue perfecta”. A pesar de todo, es preferible escribir hoy, un año después, cordero con piel de lobo que lobo con piel de cordero.

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