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Interesante artículo de Matías Alinovi en el diario Página 12 de Argentina:

Vivimos el apogeo de la divulgación científica. Todo apogeo, por definición, declina. Un día, los editores más entusiastas dirán: “¿Otra colección de divulgación científica? El público ya no está interesado”. En ese momento, ¿qué quedará del boom? ¿Qué habrá permitido? No lo sabemos con precisión, pero tenemos algunas intuiciones sobre lo que querríamos. Antes de presentarlas, hagámonos una pregunta: ¿para qué sirve el periodismo científico? Hay respuestas canónicas. Por ejemplo ésta: el periodista científico es una suerte de traductor, necesario, de las complejidades de la ciencia. Traduce para que el vulgo conozca y eventualmente entienda qué hacen los científicos.

Es un mediador, familiarizado con el lenguaje de la ciencia y con las metáforas que llegan al gran público. Otra respuesta canónica podría ser la siguiente: el periodismo científico es el promotor, el publicitador de las bondades de la empresa científica. Mediante la existencia de periodistas científicos, la ciencia se garantiza a sí misma que en las páginas de los medios nacionales, masivos, se incluyan noticias científicas, y así, de algún modo general e impreciso, la sociedad mejore.

Habría otras respuestas, más o menos equivalentes. Pero lo notable es que todas utilizan figuras invisibles: el ideal del traductor –como el del publicista– es desaparecer detrás de su obra. La idea de la traducción supone el destierro de la subjetividad.

En definitiva, si algunas respuestas ponen en relación al periodista con los contenidos cognitivos de la ciencia y cómo traducirlos, mientras que otras invocan la necesidad de que la empresa científica se conozca, todas tienen algo esencialmente insatisfactorio. En principio, al modo de Sartre, no confieren libertad al periodista científico porque su esencia precede a su existencia. Es decir, primero se plantea qué debe ser, para qué debe servir, y después se le permite existir. Así, invisibilizan su subjetividad, instrumentalizándolo al servicio de una empresa cuya trascendencia no admite la libertad subjetiva. La práctica del periodismo científico está regida por los mandatos del deber ser.

DIOS NO EXISTE

Si dios no existe, dice Sartre, hay por lo menos un ser cuya existencia precede a la esencia, porque nadie concibió qué era, qué debía ser, antes de crearlo: el hombre. Del mismo modo, si el periodista científico desoyera el mandato de los científicos, si no reconociera el modelo ideal que el dios dador de esencias le propone, entonces podría existir en libertad, porque no sería esencialmente nada, sino sólo lo que quisiera ser.

En conclusión, allí donde los científicos quieren traductores y publicistas, hay que darles críticos. Donde querrían sujeción, libertad. Lo que proponemos es un pase al frente de la subjetividad. Que el periodista científico se despoje del manto de la invisibilidad, que deje de acatar esos mandatos trascendentes, que abandone su esencia, y se convierta, existiendo subjetivamente, en lo que podríamos identificar quizá como un divulgador: un crítico cultural de la ciencia. Que de una vez ocurra el pasaje del periodista científico instrumentalizado al divulgador libre. Que la divulgación sea, en definitiva, el género de la crítica cultural científica, y que, establecida entre nosotros gracias al boom, lo sobreviva.

Es notable que en toda divulgación crítica –y hay ejemplos visibles en la filosofía, la historia, el cine– la subjetividad está al frente. De algún modo, las cosas ocurren al revés que en el periodismo científico: el divulgador instrumentaliza la disciplina. Es en ese sentido que decimos que el futuro de la divulgación debe ser el paso al frente de la subjetividad crítica.

Podría argumentarse que la empresa científica es más hermética que los hechos históricos, por ejemplo. Pero si bien es cierto que esos hechos admiten naturalmente un grado mayor de interpretación que los científicos, también es cierto que a quien quiera dar el paso al frente de la subjetividad se le recordará oportunamente su ignorancia. Los científicos blanden ante el periodista la espada del equívoco permanente haciéndole ver admonitoriamente lo que ignora.

El problema es que el periodista científico suele ser alguien fascinado con la ciencia, con la gloria científica, que al mismo tiempo teme decir barbaridades y que acata dócilmente su deber ser. Podríamos preguntarnos: ese periodista científico, ¿se vive como instrumentalizado? En principio no. Por momentos parece haberse fusionado tanto con la empresa científica, que sólo es capaz de concebir su rol como agradablemente subordinado a esa empresa mayor.

LOS CANONES

En nuestra opinión, el periodismo científico debe ser una actividad crítica. ¿Y qué sentido tendría dedicarse a una actividad crítica desde la fascinación? Ninguno. Ni actividad promocional, ni actividad traductora de unas ciertas dificultades. El periodismo científico sólo tendrá sentido como una actividad más compleja, que identificamos con la palabra crítica. Es obvio que en la crítica puede haber una cierta promoción –de valores, de ejemplos–, un entusiasmo por determinadas ideas, unas traducciones de lo complejo, pero también es cierto que no se limita a eso. Que todo eso debe ocurrir mientras se ejerce un proyecto subjetivo.

Pero hay otra razón por la que el periodismo científico no puede consistir sólo en una traducción de lo complejo. Y la razón es que esa traducción ocurre una vez, en alguna agencia especializada. Lo que debe venir después es una actividad crítica.

Por otra parte, esa traducción se construye también de acuerdo con cierto canon del género establecido por los mismos científicos. Para referirse a los agujeros negros, o a cualquier realidad científica compleja, e incluso para poder hablar de esas realidades entre ellos, los científicos mismos utilizan metáforas ya establecidas. Una vez que se abandona el mundo de la formulación matemática –en el que el agujero negro es una singularidad, un cociente que está dividiendo por cero– todo lo demás son metáforas, generadas por una protodivulgación, que es el género de la comunicación entre pares originado en los congresos. Todas las figuras metafóricas, las imágenes metonímicas que se invocan ante los auditorios para que las explicaciones no sean tan arduas, de algún modo están fijadas por la misma actividad científica.

Pero hay además una dimensión estratégica en la actividad científica, que sólo puede ser abordada críticamente. No opinar, ignorando esa condición, es, de todas formas, opinar. Lo que periodista científico debe hacer, entonces, es tomar todos los elementos que se le presentan, y que no produce, y mediante herramientas personales –el conocimiento de la historia de la ciencia, el conocimiento de los avatares recientes del devenir científico, algunas nociones sobre la importancia estratégica de determinadas investigaciones, una ideología propia–, elaborar un relato propio que logre valorar críticamente una determinada noticia científica.

Hacer hincapié en la actitud crítica permitiría quizá superar una vieja desconfianza mutua entre quienes son científicos y quienes no lo son respecto de las capacidades divulgativas de unos y otros. La actitud crítica, y no de pasmo, sería lo que verdaderamente diferenciaría al divulgador, sin importar si es un científico reconvertido, o un periodista que se ocupa de determinados temas.

LA CIENCIA, POR OTROS MEDIOS

Hay quienes explican que la divulgación debe ser la continuación de la ciencia por otros medios. Algo de verdad hay en esa afirmación. Si pensamos en la actitud, entendemos que nadie ejerce la actividad científica desde el pasmo acrítico. Pero habría dos sentidos en que podría entenderse la afirmación. De acuerdo con el primero, el periodista es el continuador de la empresa científica tal y como lo han decidido otros. Es un difusor, un publicista, que hace ruido cuando la empresa lo necesita. Ese periodista quiere estar lo más cerca posible de la empresa. Se sitúa en el borde, se fascina, no ve con claridad, y es instrumentalizado, aunque él no lo sienta así.

De acuerdo con el segundo sentido, en cambio, lo que ejerce el periodista científico como crítico cultural avezado es, justamente, la continuidad del espíritu científico, de su espíritu crítico. Del sano escepticismo organizado que es la empresa científica. Es capaz de la puesta en cuestión de las ideas, de la reflexión social sobre la ciencia, de la ponderación de los objetivos de los programas y las políticas científicas. Es capaz, en definitiva, de la continuación de la práctica científica. Ese divulgador va por delante, con sus ideas, y sin rendirse ante unos resultados que son parte de la práctica.

PARA LA FUSION FALTAN DIEZ AÑOS

Hay que aspirar a lo mejor para la profesión. Y lo mejor es la actividad crítica. Hay que formar críticos integrales. Divulgadores que conozcan la historia de la disciplina que critican, y que sean capaces, por ejemplo, de conjurar esa tendencia de la ciencia a la refundación perenne, a fingir que todo empieza hoy, examinando las condiciones que provienen del pasado.

Uno puede transmitir las noticias que periódicamente llegan desde el Iter, el proyecto europeo para obtener energía de fusión nuclear, con el entusiasmo de rigor ante la perspectiva de que, según las declaraciones de los especialistas, faltarían unos diez años para obtener energía rentable. Pero también puede matizar ese entusiasmo, que parece de rigor, señalando que la misma promesa ocurre periódicamente desde la década del ‘60. Que para la fusión siempre faltan diez años es una conclusión que se impone examinando la historia de la fusión, y que queda oculta si uno se limita a la difusión acrítica.

Sólo en la medida en que se lean plumas críticas, el género se leerá como tal. La pluma crítica no escribe desde el pasmo, ni desde la admiración incondicional. Escribe a partir de una relación más profunda con la actividad. Escribe con la angustia de lo que querría que la actividad fuera; escribe con un conocimiento más o menos preciso de su historia. Escribe defendiendo los intereses que le parecen más altos. Escribe desde una ideología. Porque si no, no escribe. Copia. Transfiere. Transmite.

El inconfesable, secreto anhelo del divulgador debería ser el de dirigir la ciencia. Como el secreto anhelo del crítico cinematográfico es dirigir todas las películas. Un anhelo cuyo cumplimiento efectivo no debemos temer, porque nunca ocurrirá. Lo demuestra la situación que el periodismo en general atraviesa hoy: una subjetividad es fácilmente superada por el lector, pero una unanimidad muda, que invisibiliza las subjetividades, es muy difícil de calibrar, y de desestimar. ¿Qué sueño mayor para el divulgador que ser leído por los hacedores de políticas científicas? La divulgación podrá ser el terreno en el que se presentan en sociedad, se discuten, se critican, las ideas científicas y los intereses estratégicos de la actividad. ¿Parece descabellado, fuera de lugar, improcedente? Cuando Stephen Jay Gould escribió La falsa medida del hombre, una revisión histórica de los intentos de la ciencia por medir la inteligencia humana, ¿no lo hizo también para desalentar determinadas políticas públicas –educativas o laborales– que hicieron del coeficiente intelectual un criterio general de selección?

El divulgador deberá buscar que el lector de noticias científicas pierda la inocencia. Que se produzca así el distanciamiento que es la condición de la reflexión. Se trataría de mostrar el artificio. No porque la ciencia sea esencialmente artificiosa, sino para que el lector vea que allí hay un recurso cristalizado, el de su pensamiento. Para que entienda que la actividad científica, en tanto que parte de la racionalidad humana, no le es ajena.

Quien se fascina ante unos resultados y se convierte en la caja de resonancia, en el eco de esos resultados, no está a la altura del espíritu que los ha producido. Cuando el crítico se fascina, cree estar más cerca que nunca de la actividad de su fascinación, y en realidad ni siquiera forma parte de ella. Como Alejandro Dolina, puede creerse el único y no ser ni siquiera uno de ellos. En cambio cuando el crítico se distancia, permite la entrada de otros a la empresa colectiva.

Existe una división social del trabajo, pero las capacidades no están distribuidas de acuerdo a ella. Puesto que se trata de la racionalidad humana, todos podemos entender y valorar. No existen a prioris de inhibición, ni fuentes de autoridad montadas sobre la razón. La actitud crítica tendrá el efecto balsámico de alentar el pensamiento.

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