Nuestro post 11-F de 2022 está dedicado a Sharon Dunwoody, quien ha fallecido esta semana, aunque indudablemente seguirá viva durante muchos años entre las personas que hacemos “ciencia de la comunicación de la ciencia”. Es decir, los que estudiamos cómo se explican los avances de la ciencia y la tecnología al público general a través de los medios de comunicación de masas, las redes sociales, los documentales, los libros y revistas de divulgación, los museos de ciencia, etc.

Las aportaciones de Sharon Dunwoody al estudio de la comunicación pública de la ciencia y la tecnología (PCST, por sus siglas en inglés) son un referente, pero, sobre todo, le dedicamos este día por haber sido una de las primeras mujeres investigadoras en este ámbito que consiguió destacar en un entorno académico dominado por figuras masculinas y en el que ha existido tradicionalmente una gran desigualdad de género.

Sharon Dunwoody | Autoría: Moody College of Communication, Austin, USA

El papel de las mujeres en la investigación de la PCST no es mejor que en otras disciplinas. Es decir, las desigualdades de género en nuestro campo han sido tradicionalmente tan injustas y frustrantes como en muchos otros: los hombres han ocupado la mayoría de los puestos de responsabilidad en la academia y en las asociaciones profesionales, sus publicaciones han sido más citadas y sus nombres han tenido mayor espacio (y más destacado) como keyspeakers en congresos y debates sobre la comunicación pública de la ciencia. Los motivos de esta desigualdad en la investigación de la PCST no se han estudiado aún, pero probablemente habrán sido los mismos que los que ya se han identificado en otros campos: los sesgos inconscientes a la hora de evaluar una publicación o un currículo, el ambiente profesional de la academia con reglas no escritas en las que la mujer tiene poca cabida, las dificultades añadidas de la poca conciliación entre la vida profesional y la familiar, etc.

La reducción de las desigualdades en el ámbito de la ciencia ha comenzado apenas hace unos años, y no precisamente por el mero pasar el tiempo, sino por un empeño activo y estratégico de puesta en valor del papel de la mujer. Un empeño por fomentar la equidad en el que han participado muchas personas en el mundo (en un principio exclusivamente mujeres) y al que poco a poco se han ido sumando grandes y pequeñas organizaciones. El 11-F, o Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, es un claro ejemplo de una iniciativa de comunicación científica que tiene como propósito acelerar el equilibrio de género en la investigación de una manera activa. En su primera edición en 2016, el 11-F tuvo apenas repercusión. Se limitó a ser una discreta acción de comunicación de la ciencia con algunas actividades (exposiciones, conferencias, artículos) en los que se daba visibilidad a científicas que a pesar de haber contribuido notablemente al conocimiento, no habían conseguido llegar a la celebridad de sus compañeros varones. En la segunda edición, el número de acciones y organismos adheridos a esta acción fue ya mucho mayor. Y así sucesivamente, hasta llegar a este 2022, en el que son miles las instituciones de todo el mundo que hoy hablan de la mujer en la ciencia, de cómo atraer a las niñas y adolescentes hacia las STEM (ciencias, tecnologías, ingenierías y matemáticas), cómo retener el talento femenino en la academia y cómo reducir la desigualdad en la carrera investigadora para que deje de penalizar a la mitad de la población solo por el hecho de no haber nacido hombre.

La última vez que vi a Sharon Dunwoody fue durante un congreso internacional en 2018 en Dunedin. Yo la había conocido años atrás, había coincidido con ella en varias ocasiones, habíamos intercambiado muchos correos por temas profesionales y también nos seguíamos mutuamente en Researchgate, pero eso era todo. Por eso, en aquellos memorables días en Nueva Zelanda agradecí poder conocerla mejor en los desayunos del hotel o las comidas del congreso. Hablamos a veces sobre la dificultad de comprender y explicar que la ciencia está llena de incertidumbres (no sabíamos entonces que dos años después viviríamos la pandemia por Covid-19 y que comunicar la incertidumbre de la ciencia iba a ser el principal reto de los periodistas). También charlamos acerca de la responsabilidad de educar a las futuras generaciones de comunicadores y comunicadoras de la ciencia y su eterna sonrisa se amplió aún más cuando comenzó a hablar de sus estudiantes. Su forma de educar no consistía en decirles qué debían hacer, sino en ayudarles a reflexionar acerca de cómo eran las cosas y cómo se podrían mejorar.

Quiero pensar que las nuevas generaciones de mujeres dedicadas a la comunicación de la ciencia (y a la “ciencia de la comunicación de la ciencia”) no tendrán tantas dificultades como hemos tenido nosotras o las mujeres que nos han precedido. Con esta intención, y porque no se trata simplemente de dejar pasar el tiempo, en mis clases y en todo lo que organizo (ya sean cursos, proyectos de investigación, publicaciones, congresos, debates y actividades dirigidas al público general) intento dar visibilidad a esta cuestión, explicar qué sabe la ciencia sobre las causas de las desigualdades de género y qué acciones o iniciativas se pueden llevar a cabo para intentar reducirlas. También intento explicar que vale la pena hacerlo.

 

Firmado: Gema Revuelta, directora del Centro de Estudios de Ciencia, Comunicación y Sociedad (Universidad Pompeu Fabra, UPF) y del Máster en Comunicación Científica, Médica y Ambiental de la UPF-Barcelona School of Management. Vicepresidenta de la Asociación Española de Comunicación Científica.



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